Buscá un espacio en calma. Sentate cómoda/o, cerrá los ojos.
Respirá suave y profundo.
Sentí el peso de tu cuerpo apoyado.
Dejá que cada exhalación te afloje un poco más.
Imaginá que delante tuyo, aparecen tus padres.
Primero mamá… después papá.
Están ahí, frente a vos, con su historia.
Imaginá ahora que detrás de cada uno
hay una larga fila: sus padres, abuelos, bisabuelos…
Toda una cadena de vidas, de historias, de esfuerzos, de destinos.
Todos ellos hicieron lo que pudieron…
y gracias a eso, vos hoy estás viva/o
Ahora, con respeto, dejá que estas frases aparezcan dentro tuyo.
Podés repetirlas en voz baja o solo sentirlas en el cuerpo.
A mamá y papá:
“Ustedes me dieron la vida.
La tomo tal como vino: con lo fácil y con lo difícil.
Ustedes son los grandes. Yo soy la pequeña.”“Ya no reclamo lo que no pudieron darme.
Los dejo con su destino…
y yo me quedo con lo que me corresponde:
mi lugar como hija.”
Respirá. Sentí si algo cambia en tu pecho, tu vientre, tus hombros.
Imaginá que hacés una pequeña inclinación delante de ellos.
No porque ellos hayan hecho todo bien, sino porque fueron tus padres.
Y con eso… fue suficiente para darte la vida.
Y ahora, volvé de a poco a vos.
Sentí el cuerpo. Sentí tu respiración.
Podés cerrar con esta pregunta:
¿Qué puedo hacer hoy, que honre la vida que me vino a través de ustedes?
Escribí todo lo que venga a vos en este momento